jueves, 7 de junio de 2012

El momento ha llegado


Decidme malditos poetas, explicadme qué estáis haciendo... Escribís palabras, letras... ¿Os dais cuenta de su importancia?. No, ¿verdad? No voy a daros un sermón, ni siquiera sé si tengo razón, pero os diré algo. Sé que tenéis un cuerpo, que sois humanos, pero no sois tontos... El cuerpo os limita malditos poetas, pero os ayuda a expresaros, ¿verdad? Lo que de verdad importa es el alma. El cuerpo no vuela, no se queda aquí. Se va, nos abandona, hace que terminemos con nuestra existencia. Es un puñado de polvo, arena, cenizas y tierra... ¿Quiénes sois vosotros para cambiar eso?, ¿os lo habéis preguntado?, ¿habéis pensado en ello alguna vez? Quizás para muchos esa respuesta es negativa... Pero eso no importa ahora. No podéis volar ni vivir en el agua ni en otros mundos con el cuerpo...pero sí que podéis con el alma. Y eso, malditos poetas, eso es lo que importa... Porque con ella podéis volar, podéis salir de vuestro escondite, podéis imaginar otros mundos, podéis aprender quienes sois... Decidme malditos poetas, ¿está vuestra alma llena? Sabéis que si lo está. Está llena de gritos, de lágrimas, de sonrisas, de sentimientos, de palabras... Malditos poetas, sois los elegidos. Sacad todo eso fuera. Sé que podéis. Quién sino vosotros puede mostrarle al mundo vuestra furia, vuestro dolor, vuestra risa, vuestro amor... ¡Decidme! ¿Quién puede hacerlo? ¡vosotros! Tenéis la palabra de vuestro lado. Debéis utilizarla para enseñarle al mundo lo que sentís... A ese mundo callado que no escribe, que no habla, que no es libre... ¡Demostrad, malditos poetas, que vosotros sí lo sois! Cantad, pintad, escribid, saltad, gritad, corred... ¡Haced lo que queráis! ¡Sed libres! Escuchad estas palabras y sentid el sentimiento que nace poco a poco en vuestro interior, dadle forma... De ira, de felicidad, de locura...eso no importa... Lo que importa es que lo uséis. Que hagáis de él un apoyo sobre el que salir a flote. Que sea vuestro salvavidas, parte de vuestra alma, que haga que esta noche salgáis corriendo de vuestras casas con dirección a ese lugar...a ese que sentís...en lo más hondo... Hay un lugar que os llama, ¿verdad? ¡Pues acudid a él! Cantadle, gritadle, escribidle, saltadle, gritadle... ¡Sed vosotros mismos! ¡Sed libres! Mostradle cómo sois, utilizad aquello que se os ha dado. Vuestra más poderosa arma: la palabra.
Ella fluye a través vuestro, la podéis sentir... ¡Dominadla! Controladla, hacerla vuestra...porque es tan vuestra como el aire que respiréis... Aprended a utilizarla, convertirla en vuestro modo de expresión. Sed un filtro para ellas donde se puedan colar aquellas que necesitan ser escuchadas... aquellas que están pegadas en vosotros...que no han podido escapar... Soltadlas. Expresaos. Mostradlas al mundo. Mostrad vuestro rencor, vuestra ira, vuestras inseguridades, vuestros miedos... ¡Mostraos!
No importa de donde sois o dónde lo hagáis. No importa si es gritando en medio de la calle o debajo del mar. Si es un grito sordo, que nace en el fondo del alma, o si es de los que dejan al mundo helado y al corazón ardiendo...
Poetas malditos, es vuestra oportunidad de sacar todo lo que pensáis y sentís. No importa lo que escribáis, o si hacéis un dibujo extraño, porque para vosotros siempre significará algo... Será la muestra de quienes sois... Será la forma de prender la llama que abrirá los corazones del mundo...que los hará temblar de ira y de necesidad de expresarse... Ha de ser una forma de liberación personal, de un comienzo a sentirse mejor con uno mismo... de ver cómo existen corazones iguales a los vuestros, que también sienten...que piensan...que necesitan ser escuchados... y lo serán. Por fin lo serán. Pero vosotros poetas malditos, seréis los que lo hagáis posible. Escribid como si hoy fuera el último día de vuestra existencia terrenal... Sentid el papel ser rasgado con furia a medida que filtráis unas palabras que ahora os sobrepasan... No importa el dónde, ni el cómo, ni el quién... Importa el qué y el porqué. Lo que queráis mostrar al mundo, a vosotros mismos, y vuestras razones. Eso importa. Porque son las palabras las que pueden cambiar el mundo. Es el alma y no el cuerpo lo que hay que usar.
¿Sabéis qué poetas malditos? Tampoco importa el cuándo... ¿Que por qué?... Porque el momento ya ha llegado... Es ahora.

 Laura Hermosa

sábado, 5 de mayo de 2012

Sin duda eres lo que no veo...


Y tras tomar aire (quince estrechos días), quizás pueda seguir contándoles el hecho más asombroso de todos los que me han acontecido sobre las carnes. Ayer caí en la cuenta, se lo digo. No se sabe a ciencia cierta (me encantaría decirle un par de cosas a ese que determina: esta ciencia es cierta, esta no, esta un poco) cuantos fotogramas por segundo procesa nuestro cerebro. Sin embargo es fácil comprobar con la ayuda de un cronómetro que no vemos nítidamente ni siquiera las centésimas de segundo. La pregunta es, si no somos capaces de ver qué sucede entre la centésima cuatro y la cinco, ¿cómo íbamos, insolentes verbeneros, creer una sola sucesión de acontecimientos?

Esto, amor mío, me ha abierto los ojos. Y nunca mejor dicho: ahora lo veo todo mucho más claro. No es que estés lejos de mí siempre, es que estás allí, quizás, treinta o cuarenta veces por segundo. Y mi cerebro ignorante hace el resto. Los demás, los infinitos momentos que separan esas veces en las que mi cerebro capta que estás lejos, estás aquí, conmigo, acariciando una guitarra y repasando las vidas y las obras de Monet o Renoir, por ejemplo. Claro, ahora lo entiendo todo. Entiendo esa chispita que a veces capto, que a veces se asoma por uno de esos marcos que tratan de ser el engaño. Entiendo que se me clave en la sien uno de tus brazos tardíos, que se me nuble un trocito de la vista por tus mechones más perezosos. Es tan difícil engañarme, a mí, perspicaz investigador y detective. Lo hiciste por un tiempo, sí, pero ya sabemos que eso del tiempo es relativo y para la historia quedará negado. Amor mío, te he pillado. Te he cogido con las manos en la masa de esas tortas riquísimas con las que me encandilas cien y doscientas y trescientas veces por segundo, yendo y volviendo de tantos y tantos países, veloz como tú eres, en un constante ir y venir entre la que fuiste y la que serás cuando se me acostumbre la vista a este cansado juego.


Diego Álvarez

Recuérdales


Buenos días cariño, 
te escribía porque me ha dicho el médico que me recuerdes dónde está la mermelada. Que no me pase con el café, que los años, viejo bribón, también liman los nervios. Se nos deben de estar acabando las pastillas para el colesterol porque me ha dicho que lo revises. Que le digas al niño que el día cinco, que las cuentas, que una vez a la semana los, que le mire el aceite al coche y se lo lleve a la ciudad. ¿Hablaste con tu hermana? Lo mismo era importante. Habla con tu hermana. Me ha dicho que cierres el gas, que pongas algo, una notita cada vez que lo abras. Me ha dicho que el tocadiscos, que me digas lo de las plantas de plástico y dejar empapadas las alfombras. Es solo eso. Me ha dicho que la terapia es muy sencilla, y que la cura no es otra que me recuerdes, no las cosas, si no a mí, y que me quieres desde aquel café cuando Julián nos presentó y tú todavía le agarrabas la mano. ¿Te acuerdas? Me ha dicho que me lo digas por las mañanas, que ahora será más fácil eso de volver a enamorarse. Me ha dicho: “Mira, dile a tu mujer que no se olvide”. Y yo le dije que buena eras tú para olvidarte de las cosas. Que todos los días tienes un aniversario que celebrar. Pequeñas minucias. Tonterías. Pero tú las tienes todas ahí. Y se reía. Y me dijo eso, que no me olvides, que me recuerdes, no las cosas, si no a mí, y que me quieres desde aquel café cuando Paco ¿te acuerdas de Paco? Nos presentó y tú todavía le agarrabas de la mano y le dabas besos. Me ha dicho que me lo digas, que nos casamos el sesentaytantos y tenemos más años que el mundo. Y nada, solo eso, te escribía por eso, porque me ha dicho que te diga que me perdones si mañana paso a tu lado y finjo (porque lo finjo, siempre he querido ser actor y tú ya sabes lo que me gustan esos juegos) no haberte visto nunca. Nada más. Un beso enormísimo. Te quiero. Desde aquel café, ¿te acuerdas? Tú aún sostenías una mano que no era la mía.

Diego Álvarez
Tu resumes mi vida en un verso
me gustaría probar tus labios y robarte un beso,
aunque tu sólo veas penumbra
tus luz me llega y me alumbra.

A tu lado ya nada tiene lógica,
quisiera acariciar suavemente tu pelo,
sentir tu mirada exótica;
sin embargo tu espíritu es como el hielo.

La soledad tu alma merma
tu dolor mi espíritu enerva.
¿Porqué eres tan hermosa,
pétalo de rosa negra?

Aunque nuestro cuerpo permanezca tranquilo,
nuestro corazón es como las olas del mar.
¿Porqué lloras, triste olivar?

Tus caprichos son vanos,
tus deseos son vagos.
¿Porqué me miras como si nada?
¿Porqué es tan difícil llamarte amada?

Aunque tus labios no pronuncien palabra alguna,
se que eres profunda como una laguna.
Si no existiera la pereza,
escribiría eternamente sobre tu belleza.

Aunque tu voz mi alma no clama,
mi corazón tu mano reclama.
Sin que mi ser diga palabra,
mi corazón tu nombre exclama.

Tu mente incomprendida,
a causa de una sociedad perdida.
Me gustaría saber qué sientes,
alma oscura y perdida,
mi lucero del día.

Quisiera que nuestra sangre
se uniera al final del día,
que mi voluntad fuese tuya
y si embargo, mía.

Sergio Trapiella

Unidos todo se puede conseguir...

Unidos todos se puede conseguir
a pesar de las dificultades...
...todo se puede conseguir 
sin centrarse en las individualidades...
...todo se puede conseguir 
pensando como si todos fuéramos uno...
...todo se puede conseguir
sin menospreciar a ninguno...
...todo se puede conseguir
haciendo que todos sean el más importante...
...todo se puede conseguir
olvidando lo malo de antes...
...todo se puede conseguir
luchando por cualquiera de los objetivos...
...todo se puede conseguir
sabiendo que puedes confiar en tus amigos...
...todo se puede conseguir
llorando de alegría o de tristeza...
...todo se puede conseguir
cuando el corazón puede más que la cabeza...
...todo se puede conseguir
sintiéndose siempre vivos,
lo conseguiremos si todos estamos unidos.
Borja Velasco Galán

jueves, 3 de mayo de 2012

Pasado, presente y futuro...


Y un día y otro y otro y otro…siempre igual. Otra vez la misma rutina, las mismas clases, las mismas caras, los mismo pensamientos y los mismos deseos. El tiempo que no se detiene pero para ti es como si lo hiciera, solo la aguja del reloj te indica que avanzas, que tu vida corre, que no estás parado en un punto. Y de repente un día todo cambia, cambia la rutina, las clases, las caras, los pensamientos y los deseos y entonces es cuando empiezas a añorar tu pasado, a darte cuenta de que aquello que no te gustaba es lo que ahora más echas de menos. Eres incapaz de enfrentarte al nuevo mundo que se te presenta porque sigues anclado en el pasado, un pasado ya vivido, ya extinto y al que no podrás regresar. Pero te empeñas en seguir recordándolo, en seguir sintiéndolo como si fuera tu presente aunque está claro que no es así. Hasta que un día eres capaz de levantarte y afrontar el presente, con esto no hablo de olvidar el pasado sino tan solo de grabarlo en la memoria como si de una película se tratar pero sin buscar los fallos del guión o de los actores. Solo mirar hacia delante, seguir el camino sin detenerse, porque un solo paso en falso por mirar hacia atrás puede hacer que caigas y te quedes parado para siempre.

Lidia

Dulce y amargo


La vida es muchas veces dulce, otras tantas amarga… pero casi siempre no tiene un sabor predeterminado. Es como una laguna, un espacio en blanco dentro de nuestras sensaciones. Nosotros elegimos que sabor queremos que tenga nuestra vida. Podemos elegir el dulce sabor de una gominola que compraríamos en la tienda de chuches que está a la vuelta de la esquina o el sabor amargo de un café recién hecho en la cafetería que está en la otra punta de la ciudad. ¿Y qué elegimos? Claro está que dejándonos guiar por la razón elegiríamos lo más fácil y accesible, es decir, la gominola; pero ¿quién dijo que los humanos nos guiamos por la razón? Hay ocasiones, como esta por ejemplo, en la que nos dejamos llevar por la intuición y el riesgo. Todos los peligros que conlleva el atravesar la ciudad, los atascos, los pasos de cebra donde te pueden atropellar, la gente que se puede llevar antes que tú lo que quieres… y todo eso tan solo para conseguir un café que ni siquiera sabes si te gustará. Es probable que a veces lo tires nada más probarlo, pero otras te encantará y jamás querrás volver a separarte de él. Porque al fin y al cabo, ¡el café siempre se puede endulzar con azúcar!

Lidia

viernes, 13 de abril de 2012

Sombras en la lejanía


El  muchacho  sentado  en  la  arena  miraba  el  océano  con  sus  grandes  ojos  negros.  Su pelo  era  oscuro,  y  su  piel  morena  hacía  resaltar  más  el  color  naranja  de  su  pantalón corto.
Estaba  allí  inmóvil  y  mirando  hacia  el  futuro,  el  otro  continente,  que  para  su  mente  de apenas  trece  años  estaba  sólo  a  un  salto.
-¡Mohamed!.  Una  voz  de  mujer  lo  sacó  de  sus  pensamientos.  Debía  volver,  su  madre  le necesitaba.  A  menudo  tenía  que  cuidar  de  sus  tres  hermanos  menores,  o  ir  en  busca  de  las  cabras  a  algún  lugar  indicado.  La vida  es  dura  en  Marruecos.  Los  sueños  se borran  entre  la  bruma  y  la  escasez.
-¡Si  yo  tuviera  una  tele,  o  una  radio! -pero  en  la  pequeña  aldea  no  había  ni  luz  eléctrica.
Mohamed  jugaba  con  latas  y  palos,  pero  por  las  noches, tumbado  en su  estera,  soñaba  con  cruzar.  Se imaginaba  en  la  patera.  No importaban  las  condiciones.  Podía  sentir  cómo  el  agua  salada salpicaba  su  cara,  y  cómo  la  brisa  le  hacía  cerrar  los  ojos.
Tenía  que  hacerlo,  por  él  y  por  los  suyos.  En  Europa  estaba  su  futuro.  Si  conseguía  llegar  tal  vez  ya  no  lo  deportarían.  Otros  tenían  que  ayudarle.
Aquella  mañana  el  niño  se  levantó  más  temprano  que  nunca.  Casi  no  se  veía.  Sólo  los  bultos  negros  en  la  playa.  Hombres,  mujeres  y niños  -bebés  algunos-,  silenciosos.  Mohamed  se  coló  entre  ellos.  ¡Era la  ocasión!.  Sin  dudarlo  y  escuchando  los  latidos  acelerados  de  su corazón  se  subió  a  la  patera.  Se  acurrucó  en  el  suelo,  entre  dos mujeres  jóvenes.  Apenas  podía  respirar,  mitad angustia,  mitad emoción.  Cuando  el  sol  empezó  a  lucir  en  el  cielo,  Mohamed  divisaba  a  lo  lejos  las  pequeñas  casitas  de  su  aldea,  y  tan  sólo  abrió  su  boca  para  decir: “Lo  hago  por  todos.  Lo  voy  a  conseguir”.
Rodrigo Fernández Pérez