miércoles, 26 de enero de 2011

Suelo recién fregado


En el aeropuerto de la ciudad gris nadie lo sabía, pero desde hacía unas semanas, Ramírez, el que hasta entonces había sido el señor de la limpieza de la terminal, había sido sustituido por un pequeño hombre de culo bajo y larga nariz que no era sino el mismo diablo. Todo comenzó cuando varios ejecutivos trajeados sufrieron caídas en las zonas de suelo recién fregado. No hubiese sido algo inusual, ya que la prisa constante de los ejecutivos les traía esos accidentes, si no fuese porque con el paso de los días cada vez se veían menos ejecutivos, y los pocos que se veían acaban por resbalar en los suelos fregados, y nunca más se les volvía a ver en el aeropuerto. La situación se volvió de histeria colectiva cuando no sólo los ejecutivos, sino también las familias más apresuradas, empezaron a sucumbir al resbaladizo suelo por el que acababa de pasar su fregona el nuevo señor de la limpieza. Lo más preocupante de todo era que según aumentaba el número de resbalones, disminuía el número de familias que corrían de un lado para otro de la terminal, impacientes, buscando su puerta de embarque.
Había quien decía que los resbalones hacían que a los viajeros abstenerse de volver a utilizar ese aeropuerto, pero sin duda la explicación más racional era pensar que el misterioso señor de la limpieza poseía poderes diabólicos, y cuando alguien resbalaba en los suelos que el fregaba, su lejía les arrebataba el alma, que iba a parar al cubo de lejía que él removía sin cesar. Llegó un momento en que se prohibió a los viajeros llevar ningún tipo de basura en todo el aeropuerto, para evitar que el señor de la limpieza tuviese que fregar. Pero aún así el diablo siguió arrastrando su fregona por todos los rincones de la terminal, sin importar que ya estuviesen relucientes. No había escapatoria.
Aunque los viajeros se esforzasen en transitar por zonas no mojadas les era imposible, porque el diabólico señor de la limpieza conseguía fregar todo el suelo de la terminal en escasos minutos. Nadie sobrevivía a los suelos mojados. Personas de cualquier edad, sexo y condición social siempre acababan cayendo sobre las baldosas, cuando se dejaban llevar por sus prisas. Misteriosamente, sólo los mansos y pacientes conseguían atravesar la terminal sin problemas. Cuanta más gente caía, con más almas se quedaba el diablo. El pánico cundió entre los directores del aeropuerto. No podían despedir al señor de la limpieza, pues todos temían sus misteriosos poderes. Además, tampoco podían acercársele, puesto que también ellos eran hombres con mucha prisa y sucumbirían al suelo mojado. 
Un día un tranquilo ancianito que viajaba a New Jersey con una cámara de fotos y un violín dio con la manera de acabar con el señor de la limpieza y su genocidio de viajeros apresurados. El anciano se acercó con paso lento y sin ningún apresuramiento y le dijo: “Creo que no eres capaz de fregar esta terminal en diez minutos”. El diablo cogió su fregona, y sin apenas esfuerzo, recorrió la terminal a toda velocidad, y en menos de siete minutos todos los suelos estaban brillantes. “No ha estado mal”. Sentenció el anciano. “Pero estoy seguro de que no limpiarías esta terminal en menos de cinco minutos”. De nuevo, el diablo cogió su fregona, la mojó bien, y a una velocidad asombrosa, bañó de lejía hasta la última baldosa de la terminal justo antes de terminar el tercer minuto. “Eres bueno”. Dijo el anciano. “Mas puedo asegurar que tú, señor de la limpieza no puedes dejar reluciente la terminal en menos de un minuto. Ni un segundo más”. El diablo enrojeció. Cogió con fuerza su fregona y, aunque no había ni una mota de polvo en toda la terminal, volvió a mojarlo en su lejía ladrona de almas. Cogió carrerilla. Corrió a una velocidad sobrehumana, tan vertiginosa que el anciano no podía distinguir sus formas mientras pasaba por los suelos que ya había fregado antes dos veces. Pasaron cuarenta segundos. Cincuenta. Cincuenta y cinco… Aun sin poder ver más que no ser más que una mancha borrosa, parecía que el diablo iba terminar…De repente el anciano vio al señor de la limpieza en el suelo, tras haber resbalado en su propia lejía por haber llevado demasiada prisa. Entre un grito de rabia, el diablo se deshizo en un charco de lejía. 
Satisfecho, el anciano caminó tranquilo hasta el cubo del derrotado diablo, y lo volcó sobre el suelo de la terminal. Las almas de los viajeros volvieron a sus dueños, e inmediatamente la terminal se volvió a llenar. Pero esta vez los que entraban olvidaron sus prisas, y los viajeros aprendieron a tomarse sus viajes con más calma. Porque ya sabes, pasito a pasito se hace el caminito…

Juan Fuertes C.

La vida...

Quiera o no, esto es la vida. Caerse, levantarse.. vuelves a caer pero de tanta experiencia ya sabes cómo hacerlo, y te levantas otra vez. Porque la vida es eso. Es vivir los mejores momentos pero también superar los malos. Es estar genial en compañía pero también es saber estar solo. Es saber distinguir entre tus conocidos y tus amigos; los primeros están para reírse, los segundos también, pero sobretodo son los que están para cuando quieras llorar. Y a lo largo de la vida te das cuenta de que los amigos escasean. Que hasta que no te das cuenta de quiénes son realmente tus amigos, no crees eso de 'los amigos verdaderos se cuentan con los dedos de una mano'. Y justo cuando te das cuenta de quiénes son, aprendes a valorarles más de lo que nunca pensaste que llegarías a hacer, empiezas a quererles como si te fuera la vida en ello... Y eso es la amistad. Compartir momentos buenos pero también momentos malos, aprender de los errores, pero no vivir de ellos. Saber que no estás solo. Saber que están contigo. Saber que son tus amigos... siempre.

Saray Castellanos

Un momento en la vida


No sé como ni cuando pero hay un momento en la vida en que llega una persona y la llena por completo, esa persona con la que vives grandes momentos y otros no tan grandes pero al fin al cabo son momentos especiales que se pasarán y rondarán por tu cabeza toda la vida y ahora te paras a pensarlo y dices ¿ya llegó esa persona? Pues no lo sé, no sé si serás tú o habrá más pero en este momento solo sé que la que más me llena ¡eres tú! La que con una frase nos buscamos la mirada para echarnos a reír, o mejor, la que con una frase sabe que al buscar mi mirada debe reír o no, la que con una mirada sabe si ha de venir o dejarte en paz durante un tiempo, la que sabe que hay unos límites que no hay que sobrepasar y que sabe que si los sobrepasa después de un tiempo se olvidará. Aquella persona con la que te puedes pasar horas y horas juntas y aunque llegue a ser aburrido siempre habrá risas. Aquella por la que darías todo y te daría igual las consecuencias, aquella persona con la que necesitas convivir porque sino ya no eres tú misma, aquella que sabes que te quiere pero que no tienes tan claro que lo haga tanto como tú la quieres a ella. Simplemente esa persona que cuando tienes un problema y después de minutos con ella sin llegar a ninguna conclusión todavía subiendo un puente la llamas y le preguntas que qué hace. Aquella a la que puedes escribirle miles de cartas sin llegar a 10 respuestas. Esa persona de la que poco a poco con el tiempo y por circunstancias llegas a separarte hasta ese momento de ya no saber quien es pero que de repente con un día sabes que sigue siendo ella misma. Esa que con todos sus defectos y virtudes te parecía perfecta y que de una forma u otra sigue siéndolo...

Ana Palacios

Algo...


Algo ha cambiado
Ya no es igual, ¿verdad?
Ya no te quedas horas y horas despierto en la cama, en silencio absoluto para ver si escuchas el sonido de un trineo en el tejado, o de unos regalos en el suelo, o el ruido que se produce al beber la leche por un hombre gordo, vestido de rojo y con una gran barba blanca.
Ya no funciona que cuando te portas mal te digan 'ya verás como te traen carbón este año' para que se te pase cualquier tipo de enfado. Ya no te pasas un montón de tiempo revisando la carta, para ver si no se te olvida ningún regalo de todos los que quieres este año.
Ya no esperas con la ilusión de un niño que llegue la noche, y mirar por la ventana buscando unos renos voladores con la mirada.
Ya no te levantas corriendo a las 7 de la mañana y despiertas a toda la casa para ir a abrir los regalos.
Ya no se te iluminan los ojos al ver el árbol con un montón de regalos al lado, y vas corriendo a abrirlos como si no hubiera nada más importante en el mundo.
Y parece que se te cae el mundo encima cuando te dicen la verdad. Tantas horas de nervios que no han servido para nada, tantas cartas enviadas a quién sabe dónde llenas de ilusión, taaantos y tantos regalos que creías que se fabricaban en un taller de duendes en el Polo Norte...
Pero al final, piensas en todas esas cosas y sonríes. Sí que han servido para algo. Para hacerte la persona más feliz sobre la faz de la Tierra en esos momentos.

Ana Palacios

Colillas por susurros

Te lo susurro bajito al oído, para que me prestes atención, para que fijes tu mirada en un punto cualquiera, te dejes caer en la silla...

Te quites tu collar de reina, tus pendientes de diamantes, que te quites con delicadeza el vestido, pero no, no te quites los tacones. Te quiero ver ahí sentada, maquillada, te susurraré. Te cantaré lo que me salga, dedicare, 38 años a contarte mis verdades y mentiras, el por qué sí, y el por qué no...

Me colaré escurridizo entre tus labios, como el humo del cigarro que, envidiado sea por todos los hombres del mundo, se coloca entre tus dedos, y te permite saborear el lujo de los vicios y el placer de vivir... Me deslizaré por tu garganta, ansioso de encontrar el origen de la voz que me calma, la que me produce mis ataques de ira, mis delirios, mi santa locura... Al final, al final de buscar, de buscar y rebuscar por tu cuerpo, sabré lo que ya sabía, que no perteneces a nadie, que como el humo, saldré y seguiré bañado en la multitud, pero, no sabes que alivio sera para mí saber que he sido humo de tus labios, que me he reflejado en tus diamantes, que he podido buscar en tí, lo que llamaban felicidad. He sido colilla de tus susurros, y sinceramente de pronunciaré al oído, gracias por dejarme vivir la intensidad, el frenesí de la búsqueda.

Lo he tenido todo, no he tenido nada, se que soy colilla, y como colilla, el humo acaba desapareciendo, esfumándose, me quedaré en un cenicero cutre dónde otros muchos han estado y estarán, pero yo tendre la marca, la marca de el color carmín de esos a los que llamaban arte, belleza, de tus labios. Un filtro de color blanco que cambió su camino, su forma de pensar, que encontró la forma de actuar gracias a esos dos.

Te lo susurro, te lo tararero, si fuese necesario te lo gritaría, pero se que si algo te puedo dar yo que no son otros son los susurros que escupo sin pensar, creyendo así que conseguire quedarme otra noche más aquí, junto a tí, en esta silla al lado de la ventana.

Miguel Bayod